No tengo nada para mostrar

“Después lo hago” es una frase que podemos llegar a padecer en el futuro. Hoy la padezco y no es la primera vez que me pasa.

Me considero una persona curiosa. Por entender como funcionan las cosas, por ver si puede hacer o aprender algo nuevo que me llama la atención, por querer conocer lugar nuevos o hasta por comer algo que no se qué sabor tiene. Y muchas veces estas cosas que me causan curiosidad me quedan dando vuelta en la cabeza, a tal nivel que no me queda otra que investigarlas o hacer todo lo posible por olvidarlas. A veces no hay tiempo para conocer todo.

Recuerdo una curiosidad fuerte cuando tenía 12 años. En la casa de unos amigos de mis papás vi que estaban preparando una pizza con una harina nueva que ya venía pre mezclada y lista para sumarle un poco de agua y amasar. Yo era chico y en mi casa no eran especialmente amantes de la cocina; no tenía un referente que me inspire especialmente. Sin embargo me fui de esa casa con ganas de comprarla y hacerla. Salió mas o menos la primera vez. Mejoró la segunda y le fui tomando la mano de ahí en más. Pero ese fue el puntapié inicial de un gusto que seguí investigando para luego, más de grande, darle más espacio y formarme en una escuela de cocina. Hoy en día es una de mis válvulas de escape. Cocinando puedo pasarme largo rato, lo disfruto y busco seguir aprendiendo. No es mi profesión ni estudié pensando en que lo sea. Lo hice simplemente por el placer de aprender y saber más.

También me paso algo parecido con un idioma. Por supuesto no fue el inglés. Cuando era adolescente, tuve una época de fanatismo por todo lo japonés. Más allá del anime o los videojuegos, que compartía con mis amigos del colegio, me gustaba mucho la cultura japonesa. Me llamaba la atención y por sobretodo me intrigaba su estilo de vida. Un día investigando por internet descubrí que había varias asociaciones o escuelas que enseñaban diferentes aspectos de esta cultura asiática, entre ellos el idioma. Vi que había una escuela cerca de donde vivía y sin dar mucha vuelta me anoté. Lo mantuve más que un par de clases. Esa aventura duró casi un año y medio.

Esta curiosidad también me llevó a aprender programación y diseño web, hacer un curso de reparación y armado de PC, tomar clases para hacer artesanías en cuero, aprender a a tirar con arco y flecha (luego me compre un arco y me fabriqué mi propio equipo en cuero); hice un curso de mecánica de bicicletas, un curso de producción de videoclips y algunas otras cosas. Pero sin duda lo más raro me sucedió en una Feria del Libro. Había ido específicamente a comprarme un e-reader (un lector de libros electrónicos) por que lo vendían con descuento. Buscando el stand correspondiente pasé por uno que estaba vacío y tenía unas vitrinas con libros expuestos. En una feria de libros no sería extraño ver algo así. Pero en este caso eran libros distintos. Eran libros encuadernados artesanalmente. Eran únicos y todos diferentes. Entré, me quedé mirándolos y charlando con a quien atendía el stand. De ahí me fui con varios mails de contacto. Llegué a casa (con el nuevo dispositivo electrónico comprado) y envié varios mails consultado si daban clases básicas de encuadernación. Y así di con Florencia Goldztein, una encuadernadora que en su taller me enseñó a pensar los libros no solo como objetos de lectura sino también como estructuras; aprendí el proceso desde el inicio, llevé proyectos propios, me frustré muchas veces y me sorprendí de los resultados otra tantas. Las clases no me resultaban suficiente y empecé, muy de a poco, a comprarme mis propias herramientas y algunos insumos. Y así, sin darme cuenta estaba naciendo El Diletante. Esto que hoy es un proyecto más amplio, empezó siendo solamente un taller… de muchas cosas. Si bien lo pensé como mi espacio para encuadernar, luego le fui sumando otros interesés. Hice lámparas y veladores, figuras de arte, un banquito y algunas cosas más. Muchas se quedaron en proyectos y todavía están en eso.

Durante esta semana estuve buscando fotos de varias de estas cosas que hice. Siempre dije: “Algún día voy a sacarle fotos a todo por si me armo una página para mostrarlo”. Por desgracia nunca lo hice y este impulso resolutivo, que me llevó a hacer la página web y el blog, me llegó lejos del taller y de todo lo que salió de ahí. En algún momento podré sumarle esas fotos. Hoy solo tengo algunas y son las que me permiten mostrarles otra de mis válvulas de escape, además de cocinar.

PD: Escribiendo esto me surgieron varias ideas que comparto a modo de recordatorio para mi y para a quien que le sirva:

  • No dar vuelta y hacer lo que muchas veces dejamos para después. Hacerlo seguramente nos lleve menos tiempo del que pensamos. Además podemos dejar algo resuelto que no sabemos si después podremos realizarlo finalmente. Además despejamos la cabeza de ese pendiente y le damos lugar para otra cosa.
  • Tener control sobre las fotos y guardarlas nos permitirá que el pasado siga pudiendo verse. Cada vez menos gente imprime las fotos. No está mal ni bien. Es solo algo que ya no se hace. La gran mayoría saca fotos con su teléfono, sin saber exactamente con qué calidad lo están haciendo (resolución, tamaño, formato de archivo, etc). Las dejan ahí y ojalá que no se estropee la memoria o pierdan/les roben el teléfono. Otra opción es que si es una foto grupal, solo se saca una y luego se comparte, seguramente por Whatsapp. Al hacer esto tendrán una foto de bajísima calidad que si luego quieren imprimir seguro salga pixelada (ya que la app la comprime y le degrada la resolución para que tarde menos en aviarse) .

    Resumiendo… SI NO ADMINISTRAMOS NUESTRAS FOTOS NI HACEMOS COPIAS DE RESGUARDO (en discos externos y/o en la nube) posiblemente en unos cuantos años no tengamos nada para ver o mostrarles a nuestros hijos o nietos. Y si lo hacemos, seamos ORDENADOS. Antes se sacaban 24 o 36 fotos por rollo. Hoy la cantidad no la limita más que el espacio libre en la memoria del dispositivo. Encontrar una foto entre miles y miles puede llevar a ser una tarea de varias horas.
  • Si bien estoy lejos de mi taller, lo más importante de él está en mi cabeza y mis manos. La creatividad y las ganas de hacer algo no se quedaron en Buenos Aires. Puedo encontrar mil excusas pero siempre van a ser más las alternativas y posibilidades.

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